miércoles, 27 de febrero de 2008

Todas las que estaban.

Esperabamos un día como hoy. Hacía ya semanas que planeamos recorrer la Mariña y encontrar las tres anclas. Me llamó esta mañana y, entusiasmado, me emplazó para bucear dos horas después. El reloj del coche marcaba 21,5º y suele acertar, aunque en ese momento me pareció que no reflejaba la realidad. Tenía calor. Había trabajado a primera hora - para ganarme el pan - pensé... mentira. Yo no como pan. Me sentía culpable por ir a bucear a esas horas. Sonreí. Estaba contento.

Entraba en las curvas de Talón y de reojo miraba a través de las gafas de sol hacia el mar. Se adivinaban los bajos de la costa sin demasiada imaginación. Ayudaban los cristales polarizados que eliminan reflejos. Sólo las uso cuando voy a bucear. Eso significaba 10-12 metros de visibilidad, calculé.

No hizo falta tirar del ploter para saber que estábamos justo donde queríamos estar, como le diría Gandalf a Frodo a su llegada a Hobbittown. Veíamos el fondo a casi 14. Largamos y caímos por el cabo en un tiempo récord.



El plan era simple. patear el fondo y agotar los tanques, si hacía falta, hasta encontrar las dichosas anclas que ya se nos habían escapado en otra inmersión.
La primera no se hizo esperar. Casi se podía ver desde la embarcación. Era la Danforth. La de más fácil localización. Estaba situada en el extremo este de la masa rocosa sobre la que buceábamos.



La dejamos atrás y nos dirigimos hacia el noroeste. La brújula digital quedó fija marcando el W. No acertaba a desbloquear el artilugio. Siempre W. Maldije, obviamente para mis adentros, a los fabricantes poco intuitivos, y después de acordarme de sus madres con cariño, o eso quiero creer, pasé a buscar la brújula "de toda la vida" que debía llevar en uno de los bolsillos del Jacket. En ese momento me vino, prístinamente, la imagen de mi hijo de 10 meses probando el sabor de la misma. Maldije a los fabricantes de brújulas por... los maldije sin más. Tardamos un buen rato en encontrar el ancla almirante que ya conocíamos. Si no fuera por el patrón...

Rozábamos los 110 bares y teníamos tiempo para encontrar la última de todas. La tarea no era fácil. De ambos, yo era el único que la había visto pero la inexperiencia era un "ligero" inconveniente. Efectivamente. Llegamos a los 70 bares sin haberla olido. Sin querer, nuestra retina se llenó de imágenes que harían las delicias de cualquier aficionado.Pulpos, grandes congrios, nudibranquios de llamativos colores, gorgonias, anémonas de las grandes, de las pequeñas, y como no el Sr. Andrés. Debe rondar los 10-12 años. O más. No sé a que ritmo crecen estos acorazados, pero espero verlo durante muchos más.


Mi compañero de inmersión bajó su mano para poder ver mi manómetro con un gesto casi imperceptible, aunque ya estaba sobre aviso al advertir segundos antes cómo comprobaba el suyo. No iba a ser la segunda vez. Estaba decidido a saltarme los límites de seguridad antes que emerger sin cumplir el objetivo. No hizo falta. La tenía delante mía. Llevaba segundos mirando en ese sentido y no lo había advertido. Era fantástica. La fotografié por segunda vez. Después de dos intentos fallidos por encontrarla completé el registro fotográfico hasta agotar la memoria. A esas alturas también Fer hacía conjeturas acerca de a quién se le había caído el pesado objeto que su, también pesado compañero, se afanaba por fotografiar. Llegaba el momento de subir. Y en la tarjeta de memoria las tres anclas de una sola inmersión.




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