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lunes, 5 de febrero de 2024

Pepe Aneiros.

Me recibió un 15 de noviembre hace quince años. Llovía. Mucho. Y más que llovería ese invierno. Y viento. Mucho viento. Las arenas de la playa de Cee, habían formado pequeñas dunas en la explanada que se extendía hasta el hospital. Con Pepe salió Alfonso, cirujano con el que compartiría guardias y trabajo durante los doce años y un pico en aquel destino.
Pepe fue un amigo durante aquellos cuatro primeros años. No por gusto, nos reuníamos en su despacho. Solía llamarme al orden con frecuencia. Era, yo, algo díscolo en aquellos tiempos. Luchador a mi entender y un poco indisciplinado al suyo. El tiempo le dió la razón. Discutíamos un rato con pocas ganas y aprovechaba el primer silencio para cambiar la conversación a temas menos profesionales.  Hablábamos, entonces, del tiempo, el mar que le apasionaba, y de Finisterre. Y nos despedíamos con un apretón de manos y una sonrisa sincera. 
Coincidíamos poco en la cafetería. Siempre sonreía a pesar de las cargas que conlleva el cargo. Nunca rehuía la mirada. La buscaba. 
Valoraba el trabajo del personal a su cargo. Siendo un especialista con dos o tres años de experiencia, me hizo saber que tenía grandes esperanzas puestas en mi trabajo. Ni yo mismo lo pensaba. Me hacía sentir bien. Esa y muchas veces más. 
Pepe envidiaba las tardes que yo pasaba pescando con los amigos de Finisterre. Me recordaba, a menudo, que era un privilegiado. No lo había pensado, pero si sabía apreciar cada minuto e instante en aquel lugar.
Pepe se fue ayer. Para siempre. No sé a donde. Lo imagino navegando por Finisterre. Pepe no podría ir a ningún otro lugar. No querría ir a otro lugar. 
Nos ha dejado un poco más solos. A muchos.
Pepe se fue y hoy el mundo me ha parecido un poco mas feo.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Septiembre. Sardiñeiro

Septiembre 2015.



Antes del la luna roja, engañando al sueño y al cansancio, volví a bucear.
Salí temprano, al acabar la guardia. Eran las ocho de la mañana cuando entré en la cafetería para pedir mi desayuno.
-Café doctor?
-Sí, Manolo. Templado
-Como de costumbre! ¿Va a casa?
-Sí. De la que nunca me tenía que haber ido.
Manolo vomitó los ojos de sus órbitas sin entender lo que quería decir. Finisterre.
Me senté en el coche sabiendo que no tenía batería para llamar a Alicia y que aún pasando por casa no me daría tiempo a cargar el móvíl. Conocía a Alicia y sabía de su tranquilidad. Pasé a recoger mi ordenador de muñeca y salí a la carretera. Paré en el Bar Isidro, cerca de la Pereiriña, a la altura de la cola del Pantano da Fervenza. El peor café que he tomado en mi vida. Miento, el segundo peor café. El peor, también lo tomé allí.




Era viernes. Sólo bucearíamosAlicia, su  novio Gonzalo y yo. Nos acompañaba un  cachorro de Braco alemán, último integrante de la familia Carrillo.
No había prisa. Al llegar a fisterra encontré la puerta cerrado y a Ali, esperando con un café en el Peirao. Aquella mañana nos tomamos el tiempo como venía. Sin necesitarlo. Después de preparar lo equipos y revisar los gadgets nos fuimos al puerto.
bucearíamos en la costa de Sardiñeiro. dos inmersiones. Agua fría (11ºC) y visibilidad de 6 metros. No estaba nada, nada mal!!!


domingo, 18 de enero de 2015

La Ballenera

Josefa me contó que trabajó desde niña en la ballenera. Aquí se "desguazaron" las últimas ballenas que se capturaron por nuestros barcos en 1985. Casi 160 ballenas al año. El lugar fué escogido por alguna compañia constructora y personajes del entorno, para convertir esta zona en un muro de edificaciones, que exclusivas o no, iban a destrozar un paisaje de mágico. A fecha de hoy desconozco porqué no ha comenzado el proceso de "cementización". Me alegro.


Me contaba, Josefa, de la dureza de los trabajos de la factoría, de las muchas penas que pasaba su madre, que también fue trabajadora de la ballenera al igual que el resto de la familia, de los problemas que le causaba el ser una niña y después mujer en un mundo de hombres y más siendo de fuerte carácter y buena en su profesión. Describía, con nostalgia, cómo se cortaba y aprovechaba la carne, como la sangre brotaba a chorros y chocaba contra las botas de trabajo, y como los ojos de aquellos animales lloraban aún después de muertos. Me alegro de que cerraran.



Aquella mañana decidimos bucear en El Carrumeiro Grande pero la visibilidad era lamentable. Así fué que el capitán decidió buscar agua en la antigua ballenera. A regañadientes acepté. ¿No había más sitios!!?

Elegimos un fondeadero en medio de la pequeña ensenada. 7 metros de fondo y aguas claras. Habíamos decidido recorrerla de este a oeste para acabar en la zona exterior del antiguo muelle. Comenzamos por un fondo de arena y concha con poca vida. Apenas recorrimos unos metros cuando me llevé la primera sorpresa: posidonia. No lo podía creer. Es más, no me lo creí hasta que Fer no lo confirmó. Era la primera vez que la veía en aquellas aguas. Después me contaron que en algún lugar de las rías más al norte, si se podían encontrar.



Continuamos el recorrido por fondos de alga, roca y arena. Durante la inmersión encontramos una planeadora completa, muertos de fondeo, y gran variedad de fauna. Al pasar la punta del muelle, el fondo cambió pasando de la roca, alga y color a la penumbra. Los ordenadores registraron un cambio de temperatura pasando de los 13 a los 11º. Las formas del fondo ahora eran redondas y decidimos investigar. Las piedras redondeadas y planas no eran otra cosa que pulidos huesos de ballena. Se siente algo especial cuando intuyes lo que son y los tocas. Ya no había algas, ni peces: sólo restos. Y muchos. Hasta tal punto eran, que todo el fondo era blanco hueso. No había tiempo para más. 40 minutos de fondo y a pesar del estupendo semi-seco, tenía frío. La cámara estaba sin batería desde que encontré al pez pipa. Aún así no quería quedarme sin la prueba de haber estado allí. Busqué y encontré una pequeña "piedra" con forma alargada. La conservo como un tesoro entre mis libros.
Ascendimos. No volvería a bucear allí.

martes, 18 de noviembre de 2014

martes, 23 de septiembre de 2014

Lobeira Grande.

Llegamos a Finisterre al mediodía. El Nordes aseguró el buen tiempo. A cambio, el mar se mostraba nervioso mostrando espumarajos aquí y allá. 
Aparqué en el nuevo peirado. La excitación era tal en los tres pequeños, que ninguno oyó cuando le trasmití los planes de embarque. Miraban y apostaban entre ellos cual era la nave que los transportaría a la isla del "Capitán Campeche". Todos conocían la historia por boca de Alberto, quién de mí,  había oído, sin perder detalle, una vez tras otra su historia. Ahora la contaba al resto de los grumetes que esa tarde firmarían su rol en el barco pirata.
A duras penas conseguí que trasportaran las bolsas de comida y los aperos de playa hasta el pantalán. Esperaron, impacientemente a que llegara José, y en cuanto pudieron, sin esperar órdenes de embarque, subieron a bordo. Todos excepto mi pequeña, que extendía los brazos hacia mí. Con cuidado la senté con su espalda protegida por el puente. Oí "papá" y "tío Nel" tantas veces como peces hay en el mar. No podían esperar más. Sufrían alegremente. 
Salimos de puerto sorteando lanchas, barcos y auxiliares, amén de los cabos sueltos que flotaban buscando hélices que atrapar. Las caras de los grumetes reflejaban sorpresa, nervios, miedo?.Cualquier cosa. La cara de Adriana definía perfectamente la felicidad. "a toda máquina" decía mientras su tía Carmen se afanaba por tenerla sujeta a su lado, cosa del todo imposible. No sé de que hablaban los dos mayores que, apostados cerca de la proa,  cruzaban apuestas o "mira, mira" con cada ola. 
Al llegar y mientras fondeaba dentro de la ensenada, a los pies del faro de la isla Lobeira Grande, les conté la historia del último farero. Triste y real. Faro de principio del siglo XX, estuvo habitado por el farero y su familia hasta que un fuerte temporal imposibilitó la asistencia médica del farero que falleció por una apendicitis, aunque llegado este punto, haya que decir que una apendicitis en aquella época tenía una tasa de mortalidad parecida al Ébola. Después de su muerte el faro se automatizó. Eso es lo que cuenta la historia oral.
El paraje les pareció de otro mundo, y como en otro mundo se comportaron, interesándose y preguntándolo todo. Yo por mi parte, les di todas las explicaciones reales o no tanto, sabiendo que cualquier cosa estimulaba poderosamente su imaginación.
En la isla se bañaron, bucearon, comieron y fueron felices. Un día más.


Fue su día. y para algunos nuestro mejor día este verano.

Gracias, Carmen, de corazón